Las arterias submarinas de las telecomunicaciones

Aparentemente, no necesitas más que un smartphone, una aplicación de mensajería y conexión a internet -algo a disposición de 4.950 millones de personas, el 62,5% de la población mundial-. Sin embargo, este acto tan cotidiano, tan inalámbrico, tan esencial en casi cualquier oficio, no sería posible sin la existencia de los centenares de miles de kilómetros de cables submarinos que conectan los cinco continentes. Los responsables de su tendido y reparación son los llamados buques cableros, unas embarcaciones distinguibles por las roldanas instaladas en su parte trasera, donde se enrolla el cable, así como por las lentas velocidades a las que cruzan los vastos océanos. Si el mensaje se enviaba entre zonas remotas de ambos países, el tiempo de entrega estimado podía alargarse hasta varios meses.

UNA HISTORIA DE BUQUES CABLEROS

Esta historia comenzó a cambiar en 1847, cuando el descubrimiento de un aislante resistente al agua, la gutapercha, por parte del alemán Werner von Siemens, permitió imaginar la posibilidad de tender cables telegráficos bajo el agua. Tres años más tarde, los hermanos Jacob y John Brett, tras obtener las concesiones correspondientes de las autoridades de Francia y el Reino Unido, formaron la compañía Submarine Telegraph Co. , con el objetivo de tender un cable experimental entre ambos países. Tras varios intentos fallidos, finalmente lograrían en 1852 colocar a través del Canal de la Mancha el que se convertiría en el primer cable submarino puesto en funcionamiento en el mundo.

Ahora bien, la logística para su tendido entre las ciudades portuarias de Dover y Calais no fue tarea sencilla, y su funcionamiento efectivo no duró más que unos minutos antes de perderse la conexión. El primero zarpó desde Dover y su tarea consistió en la colocación de una serie de boyas con banderas, que marcarían el trazado que debería seguir el segundo. El alambre de cobre enrollado al interior del cable medía unos 2,5 milímetros de espesor e iba envuelto en una capa de gutapercha de unos 12 milímetros. Además, los últimos 300 metros de cable iban cubiertos por un tubo de plomo para poder pasarlo por el suelo en la costa francesa y lograr así la conexión efectiva.

En la mañana del miércoles 28 de agosto de 1850, se unió el extremo terrestre del cable al de a bordo y dio comienzo el trayecto desde la costa de Dover. La misión se realizó en unas condiciones meteorológicas apacibles, con el viento a favor, y no sufrió mayores complicaciones hasta los últimos kilómetros. El éxito fue tal, que en 1855 ya había 25 cables submarinos instalados entre distintos países europeos, como Irlanda, Bélgica o Países Bajos.

EL SUEÑO TRANSATLÁNTICO

El siguiente paso era salir del Viejo Continente para establecer una conexión con América. El empresario estadounidense Cyrus West Field, convencido de que podría sacar tajada de este negocio en expansión, creó en octubre de 1856 la Compañía Telegráfica del Atlántico. La compañía de West Field se hizo con 4.200 kilómetros de cable coaxial, con un peso de siete toneladas, para completar el ambicioso proyecto. Cada kilómetro pesaba 550 kilos, lo que convirtió a la operativa para su tendido en una auténtica proeza de la historia de las telecomunicaciones.

Estos barcos tuvieron que hacer varios viajes para completar la operación, pues el peso del cableado no permitía su operativa en una única embarcación. El proyecto comenzó en 1857 y, tras dos intentos fallidos, se completó el 5 de agosto de 1858. Si bien el cable funcionó durante solo tres semanas, hasta que se dañó y se perdieron las comunicaciones, fue el primer proyecto transatlántico en obtener resultados palpables.

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